La ostra y el pez

Érase una vez una ostra y un pez. La ostra habitaba las aguas tranquilas de un fondo marino, y era tal la belleza, colorido y armonía del movimiento de sus valvas que llamaba la atención de cuantos animales por allí pasaban.

Un día acertó a pasar por el lugar el pez, que se sintió sumamente atraído por la ostra y deseó conocerla. Y así, partió veloz y bruscamente hacia el corazón de la ostra, pero ésta cerró sus valvas. Por más y más intentos que el pez hacía para abrirlas, con sus aletas y su boca, aquellas más y más fuertemente se cerraban.

El pez, triste, se preguntaba ¿por qué la ostra le temía? ¿Cómo podría decirle que lo que deseaba era conocerla y no causarle daño alguno? ¡De pronto!, se le ocurrió pedir ayuda. Sabía que existían por aquellas profundidades otros peces muy conocidos por su habilidad para abrir ostras, y hacia ellos pensó en dirigirse. Pero sabía que eran peces muy ocupados y no deseaba importunarles. Tras pensar algún rato llegó a la conclusión que lo mejor era informarse por otros peces que les conocían y después de informarse muy bien, eligió el momento más oportuno y hacia ellos se dirigió.
– Hola -dijo el pez-. ¡Necesito vuestra ayuda! Siento grandes deseos de conocer una ostra gigante pero no puedo hacerlo porque cuando me acerco cierra sus valvas. Sé que vosotros sois muy hábiles en abrir ostras y por eso vengo a pediros ayuda.

Los peces le escucharon con suma atención, le hicieron notar que entendían su desánimo pues ellos se habían encontrado en circunstancias similares. Le felicitaron por el interés que mostraba en aprender y por la inteligencia que demostraba tener al pedir ayuda y querer aprender de otros.
– Mira, algo muy importante que has de lograr es suscitar en la ostra el deseo y las ganas de comunicarse contigo.
– ¿Y cómo podré lograrlo?
– De la misma manera que tú has logrado comunicarte con nosotros y “abrir nuestras valvas” de pez.
– ¿Cómo? – Tú deseabas que nosotros te escucháramos y prestáramos ayuda. Nos has dicho que dudabas si podrías lograrlo, ¿no es verdad?
– Sí, es así.
– Podías haber quedado con la duda, pero en lugar de eso, diseñaste un plan de acción. Buscaste información acerca de nosotros, te informaste de cuál era el mejor momento de abordarnos y qué decirnos. También sabías que nos agrada, como a todo hijo de pez, el reconocimiento de nuestra competencia y veteranía en abrir ostras. Te confesamos que todo ello nos agradó mucho.

También nos agradó tu mirada franca y serena, y tus firmes y honestas palabras.
– Sí, en efecto eso es lo que hice.
– Bien, también has diseñado un plan de acción para “abrir la ostra”. El primer paso ha sido el de visitarnos para que te informemos de sus costumbres, de sus miedos, de todo aquello que le agrada…Te podemos decir todo aquello que suele suscitar temor en las ostras. Si te acercas a ellas cuando hay muchas turbulencias, tendrás grandes dificultades para lograr que se abran. Les asusta el que algún animal se acerque de modo imprevisto. Les agrada en cambio, el que no se entre en sus interioridades sin antes conocerse durante algún tiempo. También les agrada mucho el que se les hable en su lenguaje.

De este modo, los peces continuaron asesorándole. Le invitaron a pasar largos ratos observando el comportamiento de la ostra. Le invitaron también a asistir a alguno de los cursillos que organizaban y le regalaron un manual: “El Manual del abridor de ostras”.

Tras varias semanas de observación, aprendizaje y entrenamiento, el pez pudo por fin disfrutar con aquella bellísima ostra. Pudo, ¡al fin!, lograr entrar en las interioridades de la ostra y compartir las sensaciones que le causaba. Pudo también abrir otras ostras, incluso ostras extremadamente sensibles y que se cerraban con suma facilidad.

Conclusiones:
La comunicación eficaz puede aprenderse y enseñarse, no es innata.